21/7/11

Inauguración

La víspera de la inauguración de la exposición el Director Gerente del pabellón de la escuela de Hostelería de Lausanne, convocó a la totalidad del personal, unos ciento cincuenta empleados, en la amplia sala con vistas al lago Lemán donde se hallaba ubicado el restaurante.

M.,Henri Monnet, un hombre de mediana estatura al que se le adivinaban en su faz unas tímidas arrugas y una incipiente alopecia, a la que acompaña la enseña del paso del tiempo en sus sienes, que invitaban al respeto. Elegantemente vestido, con voz pausada agradeció a su equipo de colaboradores, en francés, la gestión de selección del personal y estaba seguro de que era la mejor “plantilla” posible para representar a la Hostelería Suiza en el evento que se iniciaba al día siguiente, nos deseó suerte y matizó que la puerta de su despacho siempre estaría abierta para todo el personal. Al concluir su discurso Mme. Monnet, lo desgranó él mismo para los emigrantes en castellano.

La coincidencia de apellidos de M.. Monnet y Mme., Monnet, me intrigaba ¿Serían padre e hija, o como sospechaba a pesar de mi incredulidad eran un matrimonio? La duda me fue aclarada: el amor es ciego, o como me decía mi abuela cuando la hacía carantoñas ¿por el interés te quiero Andrés? Lo maravilloso de esta vida es que todo puede ser posible, hasta los cuentos de hadas.

De la exuberante naturaleza de Arosa rodeada de montañas, todas ellas blancas, pero sin más horizonte que ella misma, llego a Lausanne y descubro en esta un nuevo paisaje, lleno de luz, colorido y lo más esencial su lago. A su orilla dejaba volar mi imaginación contemplando la lejanía del horizonte. El hecho de tener turno alternativo, mañana y tarde y un día de descanso a la semana, los martes, me abrió un abanico de posibilidades para descubrir la ciudad, y de relaciones sociales.

Después de conocer un poco más en profundidad la ciudad, el primer día de libranza lo dediqué a hacer diversas compras relacionadas con mi vestuario —cuanto echaba de menos mi chaqueta de color paja— en unos grandes almacenes, que me recordaban a los de Galerías Preciados en Madrid. Compré cuatro camisas de nailon de colores claros, eran de fábula, no hacía falta plancharlas, una vez lavadas con tenderlas era suficiente. Un par de pantalones que recogí una vez arreglados a mi medida, días después. Una chaqueta tirolesa de color verde, dos pulóver, un jersey de cuello vuelto y dos pares de zapatos. Me gasté una parte de los ahorros que había guardado durante el tiempo que estuve en Arosa.

El almacén se encontraba próximo a la ubicación de las pilas de acero inoxidable donde limpiaba las marmitas, cazuelas, bandejas para el horno. Veía pasar con frecuencia a Kurt el encargado del almacén, no era un alemán al uso, serio, sino simpático y alegre, Siempre me saludaba y a veces se detenía a chapurrear en un italogermánico con el que ambos tratábamos de comunicarnos. En cuanto tuve posibilidad idiomática traté de colmar mi curiosidad respecto al funcionamiento de la puerta del almacén ¿Cuál era el secreto para que se abriera sin tocar ningún interruptor? Él sonrió sin la arrogancia de aquel que descubre la ignorancia del interlocutor, se esforzó en explicarme el mecanismo.

Después de diversos intentos logré entenderle. Se trataba de un haz de luz que al ser interrumpido hacía que la puerta se abriera—una célula fotoeléctrica de hoy— quedé maravillado y no sin una cierta timidez osé probarlo.

No siempre somos capaces de comunicarnos con él otro, son diversas las causas por lo que no lo logramos: idiomáticas, culturales, raciales, políticas etc. Sin embargo existen circunstancias y elementos en que a pesar de las diferencias logramos congeniar o cooperar en un proyecto común. Me estoy refiriendo a modo de ejemplo: ante un óbito, un concierto de música o una actividad deportiva de grupo como es el fútbol.

Cierto día paseando cerca de La Place de Milán, una extensa plaza rodeada de frondosos árboles, cuyo centro era una explanada de cuidado césped en la que se podía practicar deporte, se hallaban jugando al fútbol un grupo de jóvenes oriundos de más o menos mi edad, unos dieciocho. Me quedé observándolos con el deseo de participar, solo refrenado por mi timidez, de que en algún momento me invitaran a jugar. La fortuna hizo que el balón llegara a mis pies, le di con tanto ímpetu que me invitaron a participar. Me descalcé para no estropear los zapatos nuevos, lo que les sorprendió. Desde aquel día todas las tardes que me era posible jugué con ellos, a pesar de ser moreno y emigrante.

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