19/9/19

El silencio del alma


Yo y Alzheimer

El silencio del alma

26/06/2014

Tal vez por mi edad a punto de cumplir setenta y uno, siento empatía con los familiares de enfermos de Alzhéimer. Soy una persona que me gusta controlar en todo momento la situación desde siempre, y suelo sufrir cuando por la razón que sea no la puedo controlar. Tal vez sea ese el motivo de mi empatía con los pacientes de esta dolencia degenerativa de la mente, de siempre me he preguntado, qué es lo que puede sentir una persona afectada de esta dolencia.

La vida y por ende el destino, me ha dado la oportunidad de descubrir lo que siente y padece la persona que pierde la memoria y busca de forma desesperada en su mente la historia del recuerdo que la vincule con su realidad presente. El pasado jueves día treinta de junio me dispuse a realizar las actividades programadas a lo largo de la mañana, esperaría a Julia –la joven que viene cada jueves- para abrirle la puerta del portal y de la vivienda. Una vez realizado el cometido, me dispuse hacer lo que todas las mañanas realizo de forma metódica: recojo el diario en el estanco a las ocho y con las noticias frescas me dirijo al bar, en que desde me he jubilado, suelo desayunar un café con leche y un croissant, a la vez que me empapo de lo acaecido en el mundo y por ende en nuestro país.

Este día –como en otras ocasiones- compartí mesa y tertulia con dos compañeros con los que me une una estrecha amistad, dialogamos amigablemente sobre -cómo no podía ser de otra manera- la situación sociopolítica en nuestro país, después de un ameno dialogo llegamos a la conclusión, de que la verdad es de todos, pero nadie la posee.
Uno de los participantes en el dialogo, me sugirió si le podría acompañar a hacer unos recados que precisaba realizar con una cierta urgencia, ya que al día siguiente tenía previsto coger un vuelo hacia Brasil a pasar unas merecidas vacaciones. Una vez realizados los encargos nos despedimos deseándonos mutuamente lo mejor para nuestras vacaciones estivales.

Había aprovechado la ocasión para comprar unas bombillas de bajo consumo que él me sugirió como experto en la materia.
Entré en casa sobre las once de la mañana, instalé las lámparas de bajo consumo en los correspondientes apliques y finalizado el cometido mi esposa me llamó para que me sentara a la mesa a desayunar, recuerdo que comí melón. Lo sucedido con posterioridad no lo recuerdo.

Según relata mi esposa, me había levantado de la mesa para dirigirme al dormitorio y calzarme unas zapatillas, (yo desde ese instante no recuerdo nada), la pregunté si recordaba si tenía que hacer algo importante, de lo que no me acordaba.

No era capaz de recordar nada de la memoria presente, me sumí en una excitación y desespero que me generó una angustia vital insoportable donde el único recurso para mitigarla fue el sollozo. Le interrogaba a mí mente, pero mi alma no respondía.




27/8/17

Juan de Mairena (capitulo 5 )
                                                

Toda amistad se inicia con un encuentro fortuito o propiciado por el Ado de los dioses, nunca  lo sabré, pero de lo que si doy fe es que aún perdura. Fuimos alumnos en el mismo Instituto, recorrimos mil y una  vicisitudes juntos en una parte del camino, el destino tuvo a bien separarnos, pues ambos deseábamos iniciar un camino, aunque divergentes, el suyo la abogacía y el mío la medicina, ambos a mí criterio sociales y humanos.

Yo conocí a J. de Mairena en Instituto cursando quinto de bachillerato, teníamos convicciones políticas similares, obviamente de izquierdas. En aquella época yo residía en la calle Trafalgar no recuerdo el número, cerca de Arco del Triunfo. 
Tenía alquilada una habitación, en ella residía un compañero que también iba al mismo Instituto que J. de Mairena y yo. En aquellos tiempos había familias con necesidades que cubrir y alquilaban habitaciones como un medio para hacer frente a sus necesidades.

Cada tarde, sobre las 16,30h cogía el autobús 29 para ir al Instituto que si no recuerdo mal entrabamos a las 17,30h y salíamos sobre 22h. En aquellos tiempos yo trabajaba de peón, en unos telares sitos en la calle Valencia esquina a Montaña, mi horario era de las 6,30 h a las 14,30 h, durante la jornada mi cometido era transportar las bobinas, que generaban los telares al almacén, estas eran de dos tamaños, una de dos metros y otra de metro cincuenta, las transportábamos en una carretilla, como es obvio, no era de una en una, sino que acumulábamos unas cuantas, en función tamaño y peso.

Obviamente no era yo solo el que lo transportaba hasta el almacén, había otro compañero, un andaluz de nacido en el pueblo “Zahara de la Sierra” zahara (fortaleza) al que hacía honor. Era un hombre mayor de unos 50 años, de nombre Sócrates casualidades del destino, el filósofo por mí más importante, el artífice de los Diálogos de Platón, por el que siento veneración.

Teníamos un encargado al que despectivamente llamábamos el enano, no media más de metro veinte, era la mala uva concentrada, tenía como hobby, obligarnos a estar moviendo las bobinas de un sitio a otro del almacén. Un día en uno de los traslados, ordenado por el enano, tuve un esguince en el brazo izquierdo, razón por la que fui al médico de cabecera y me dio la baja laboral.

Una tarde le comente a J. de Mairena si habría alguna posibilidad, de que yo pudiera trabajar como interino, en su departamento de Hacienda. El me comento que lo preguntaría a su jefe, pues tenía entendido que necesitaban personal. Al cabo de unos días me comunico, que su jefe le había confirmado que si era posible.

Mi retorno al telar fue para confirmar que me dieran la cuenta y el finiquito, y como no despedirme de mi ilustre amigo Sócrates, al que nunca podré olvidar, su breve pero sincera amistad. 

En Marzo del 74 Juan de Mairena estuvo en mi boda.

23/5/17

Un jubilado socialista.






La salida   y   La vuelta                 




Salvando las distancias que obviamente existen, entre el año 35 de siglo pasado y la actualidad política a día de hoy  en nuestro país.
Si bien la situación socioeconómica es mejor -aunque- sustancialmente mejorable. Los sentimientos propios de nuestra idiosincrasia, no han cambiado “genio y figura hasta la sepultura” decía mi abuela y no le faltaba razón.

Me hace temer que la crisis del socialismo, a pesar de la victoria indiscutible, del candidato Pedro Sánchez a presidir el partido Socialista, aún no ha concluido.

Su destitución fulminante por el Comité Federal - el 1 de octubre del 2016- fue esperpéntica y humillante para él y sus colaboradores, que pasaron de una defensa numantina, a negar horas más tarde que le conocían. Aquellos que le apoyaron -no muchos- hoy piden venganza, reclaman que pidan perdón los que le humillaron, siento que no es momento de hacer leña del árbol caído, a mi entender, craso error, no es momento de revancha sino de generosidad.

Como militante socialista por el bien del partido, -yo no le he votado- todos hemos de reconocer su victoria y ponernos a su disposición. De lo contrario favoreceremos a una derecha corrupta y al populismo de izquierdas.

Un militante